Tú escribes “platicadito”
Y sin saberlo, me dieron el nombre de mi voz. Se lee en 3 minutos.
≠
Tú escribes “platicadito”, me dijeron.
Y no fue un piropo.
Lo dijeron con tono condescendiente,
como quien te suelta una crítica maquillada de consejo.Fue una frase corta,
pero cayó como una astilla.
Ese día dejé de pedir permiso para escribir como hablo.
Todo empezó así…
De adolescente tuve un maestro con botas de tacón cubano y traje.
Antonio.
Le decíamos Sepu.
Como sepulturero.
Por la seriedad.
Por la voz y el saco.
Por esa forma de entrar al salón
como si algo importante estuviera a punto de morir
o de nacer.
Era más obsesionado con los verbos
que con lo que los verbos podían provocar.
Leía fragmentos, a veces.
Contaba historias, muchas.
Historias que vivían de palabras
y casi siempre terminaban en canto
o en Ruy Díaz de Vivar,
el pequeño Cid.
Nos enseñó a platicar.
No a escribir.
Esa fue mi secundaria.
Ignoraba que no sabía escribir.
En prepa, último año antes de la universidad, lo descubrí sin drama…
y sin ganas de hacer algo al respecto.
Hasta que apareció alguien más.
Fue el Hermano Bonilla.
Mirada de láser.
Acento castizo, con eses y todo.
Me dijo:
“Tienes buenas ideas.
Quizá no estás listo para textos largos,
pero en publicidad hay magia pequeña.
Slogans y conceptos, les dicen.
Frases chiquitas, ideas potentes.
Ahí podrías hacer algo.”
Esa s arrastrada de slogan
retumbó en mi cabeza
como una campana chica
que no supe escuchar del todo…
hasta años después.
En ese momento no entendí nada.
Pero algo se sembró.
Y años después, germinó.
Recuerdo cuando entré a una agencia de publicidad.
Estaba ahí,
en el vértice exacto de Juan Manuel y Reforma.
Un lugar donde todo parecía apuntar hacia arriba,
pero bastaba quedarse un poco
para sentir el mareo.
Ahí estaban los creativos que se vestían como creativos.
Los copywriters con el ego bien planchado.
Obsesionados con el premio
y con demostrar algo
que ni ellos tenían del todo claro.
Uno de ellos —talentoso, calvo e intenso— me dijo:
“Tú escribes platicadito… eso no funciona.
Además, tú eres diseñador.”
Así.
En seco.
Me ardió.
Pero me encendió algo.
Empecé a sospechar que escribir como hablo no era un defecto.
No era un error tipográfico.
Era otro sistema.
Solo otra dirección.
Nunca me convencieron los que escriben para sí.
Los que están más preocupados por sonar cultos
que por conectar con alguien real.
Escribir bonito es fácil.
Escribir para alguien incómoda.
Más del 80% de las marcas no fallan por falta de talento,
si no por no saber explicarse.
Con el tiempo, llegaron otras voces.
Gente que no te pregunta si escribes bien,
si no de qué quieres escribir.
Alina, por ejemplo.
Con ella entendí que escribir no es solo forma.
Es fondo.
Es intención.
Y, sobre todo, es para alguien más.
Incluso noté que aprendo más escribiendo que leyendo.
Porque al escribir pienso.
Y al pensar, conecto.
Escribir obliga al cerebro a hacer algo
que leer no siempre exige.
A veces incluso entiendo algo que no sabía que sabía.
Y eso no me pasa tan fácil hablando.
Ahora, después de pandemia, algo se alineó.
Volvieron las letras.
Las ganas.
Y las historias.
Y aunque aún me piden que dibuje,
cada vez más me piden que escriba.
Y no sé qué contestar,
porque yo escribo con dibujos
y dibujo con letras.
Eso se llama sinestesia.
Y ahora ya no suena raro.
La cosa es que de ahí nació El Diferencial.
Un newsletter con fuego.
Sin poses.
Cada dos o tres días, envío un correo con historias como esta.
Sobre marcas, creatividad, estrategia, empresas, personas y negocios.
No para sonar bonito.
Si no para sonar a verdad.
Y si estás leyendo esto, es porque formas parte de ese primer grupo.
Quizás me conoces.
Quizás me quieres.
O simplemente te dio curiosidad ver
qué demonios estoy inventando ahora.No importa.
Estás aquí.
Y eso ya es un diálogo.
≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠≠
Terminar un texto no lo hace cualquiera.
Notar que cada bloque empieza con una letra que forma una palabra, tampoco.
Pero tú sí lo hiciste.
Y eso ya dice algo.
Ese DIFERENCIAL que llevas —en tu cabeza, tu empresa o tu escritorio—
no necesita permiso.
Solo espacio.
El Diferencial es eso:
Una mirada distinta sobre lo que vemos todos los días.
Marcas, personas, negocios, contradicciones, estrategia, humor y vida.
Contado como si lo platicáramos con un café
(o una chela).
Sin trampa.
Sin adornos.
Sin PowerPoint.
Yo estaré aquí, cada dos o tres días.
Con historias que piensan en voz alta.
A veces rabia.
A veces humor.
Siempre intención.
Una historia cada dos días.
Entrar es gratis.
Salir también.
Olvidarlo… no tanto.



